EL CLUB "SUMA-T"
Vivo en una
comunidad pequeña, un lugar donde las viejas costumbres machistas se resisten todavía
a desaparecer: las personas con diversidad funcional siguen siendo subnormalitos;
se sigue infantilizando a las personas mayores ( que con la edad parece que se
hayan vuelto inútiles e inservibles aunque hayan dedicado toda una vida a
enseñar a vivir a otra generación, a cultivar sus mentes o a curar sus males) y
a las personas que deciden expresar su género vistiendo con apariencia
diferente a lo que se les supone, se les denomina todavía maricones o macholas,
con la boquita pequeña y actitud condescendiente, “pobrecitos, que mala suerte
han tenido sus padres de que les haya salido así el retoño”.
Pero en un pequeño
instituto de la zona, surgió hace unos pocos años una iniciativa alucinante por
parte del propio alumnado que pronto se vió apoyado por gran parte del
profesorado del centro escolar, convirtiendo así la iniciativa de unos adolescentes
alocados, en un programa pionero en la institución educativa para la inclusión de
la diversidad sexual, en un entorno tan importante como es el ámbito educativo
y en un momento transcendental de la vida como es la adolescencia y el tránsito
hacia la edad adulta.
En un principio,
fue un grupo de cuatro personas del alumnado los que se unieron para formar el
primer CLUB de la diversidad en el patio del colegio y lo hicieron para arropar
a uno de los miembros de ese grupo que se autodenominaba a sí mismo como queer,
una personita de catorce años que no deseaba definirse ni clasificarse bajo
ninguna etiqueta de identidad de género, y valientemente, se rebeló contra el
sistema arcaico y naftaliano que opera en nuestra comunidad, haciendo gala de
una madurez y aplomo que muchos adultos y adultas ya quisieran para sí.
La intención del CLUB
“SUMA -T” era agrupar a las personas que deseasen manifestar o expresar
libremente su género en una comunidad tan intransigente como la que nos ha
tocado vivir, una red de apoyo mutuo, un lugar donde no ser juzgados, una
oportunidad de disfrutar de la propia identidad como individuos libres a una
edad en la que destacar como el rarito del grupo puede determinar todo un
futuro.
El apoyo del
profesorado fue imprescindible para que poco a poco ese grupo de cuatro
personas se fuese ampliando y el proyecto comenzase a dar sus frutos: los
profesores de sexo masculino comenzaron a acudir a clase con las uñas pintadas,
de vez en cuando incluso tenían la osadía de vestirse con un atuendo
tipicamente femenino, como una falda pantalón o unas sandalias de brillos, se
fundó el primer club de rugby femenino de la historia de nuestra comunidad y se
propiciaron los equipos mixtos de deportes de grupo.
A finales del curso
escolar, el CLUB “SUMA-T” se componía ya de casi cuarenta alumnos de los cuatro
grados de educación secundaria del instituto y a muy pocos les resultaba
extraña o ajena la diversidad estética de la que hacían gala algunos de los
componentes del grupo.
El club sobrevivió
al verano, su espíritu perduró durante la pandemia y se fortaleció en estos dos
últimos años, ampliando horizontes a otros institutos de la zona que poco a
poco fueron copiando su formato.
Mi hijo pequeño fué
uno de los miembros iniciales de ese club. De su mano, tanto yo como muchos
otros padres y madres, hemos aprendido que existen una gran cantidad de
etiquetas relacionadas con la orientación sexual con las que las personas insistimos
en definirnos: lesbiana, gay, heterosexual, bisexual, pansexual, asexual...y
que todas esas denominaciones son solo capas y capas de prejuicios con las que
nos vamos envolviendo, ocultando así nuestra verdadera alma transparente que es
idéntica para todos y para todas.
La magia del CLUB “SUMA
– T” fue haciendo su efecto, el tesón y la valentía de unos pocos adolescentes
que llevaron a sus casas y a sus familias una importante lección de diversidad,
igualdad y lucha contra la discriminación en casi todas sus vertientes,
propició que poco a poco esa mentalidad retrógrada y arcaica de nuestra pequeña
comunidad fuese evolucionando, y ahora cada vez son menos los que se extrañan
de ver a un chico con faldas, a una pareja del mismo sexo paseándose de la mano
o demostrando su cariño bajo la sombra de un árbol en un frio día de lluvia.
Aunque este
fantástico proyecto tiene un pequeño fallo: y es que es un proceso muy lento. Es
muy difícil cambiar la idiosincracia de una sociedad por completo y desbrozar
los prejuicios arraigados en nuestras mentes durante toda una vida.
Pero los pilares
del cambio se han edificado fuertes y seguros en el único lugar donde podrían
haberse plantado y en el único momento posible: un pequeño instituto de la
zona. Solo las nuevas generaciones educadas desde la más tierna infancia en la
igualdad y la libertad total de pensamiento, podrán cambiar el futuro de este
mundo intransigente y machista en el que vivimos.
Yo confío en ello.
¿Y tu?
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